4.11.17

PAYASO


Por Héctor Corti



Cuando sonó la alarma del celular, Miguel estaba despierto. Se sentía ansioso. Con ganas de levantarse. De empezar un nuevo día, como en aquel tiempo. Este era el de su regreso. Lo necesitaba. Aunque en realidad apareció sin que lo buscara.


Rompió sus rutinas. No remoloneó. Tampoco encendió la radio. Apenas tomó unos mates. Se sentó frente al espejo. En la mesa tenía todo lo necesario. Empezó. Eligió colores suaves. Verde agua para los párpados. Rojo en los labios y los cachetes. Un fino trazo negro y otro blanco, más grueso, para delinear los rasgos. La ropa de payaso, que hacía mucho no usaba, estaba ahí. Lista. Se ajustó con el elástico la nariz colorada y redonda. Se puso la peluca multicolor. Después la camisola a cuadros azules, rosas, anaranjados y amarillos de mangas anchas. Los pantalones a rayas blancas y negras. Las zapatillas terminadas en punta con un cascabel. Y un sombrero abovedado. Se miró. Le costó reconocerse.


Mientras vivió en Montevideo y hasta aquel día, estaba entre los más requeridos para hacer espectáculos y animar fiestas infantiles. Era bueno en su oficio. Hasta que dijo basta porque no pudo más. Se subió a un barco y escapó. Como si del otro lado del Río de la Plata su vida pudiera ser distinta. Olvidar. Empezar de nuevo.


Sabía lo que le esperaba esa mañana. Se lo habían adelantado. Era distinto. Bien distinto a lo que estaba acostumbrado. Demasiado fuerte. Lo pensó mucho. Le costó decidirse. Dudó si se acordaba de cómo hacer reír. Y si podría hacerlo en esa circunstancia. Pero tenía que hacerlo. Sobre todo por él. Lo necesitaba. Para no arrepentirse salió vestido de payaso. Exponiéndose a las miradas. Como la de asombro de la del 4º H en el ascensor. O la compasiva de Ramón, el encargado del edificio. Miradas que no le importaban. Hacía rato que muchas cosas ya no le importaban.


Se subió al auto y se dirigió a la cita. Cuando llegó, respiró hondo y entró. El olor a hospital fue penetrante. Inconfundible. Era el mismo de esas largas noches. Un sabor amargo le invadió su boca seca. Cerró los ojos y en su cabeza todavía retumbaron algunos sonidos. El eco de los pasos en los pasillos. El ulular lejano de las ambulancias. El fuelle acompasado del respirador. Le temblaron las piernas. Quiso escapar. Pero era tarde. Frente a él estaba Ana María, la trabajadora social que le hizo la propuesta. Siguió adelante.


Ella lo guió por el laberinto. Segura. Le habló sonriente con la naturalidad de quien está acostumbrada a ese mundo. Él estaba encerrado en sí mismo. Tratando de controlarse. Para no oír sonidos que no quería escuchar. Para no ver lugares que no quería mirar. Un cartel lo conmovió. Lo sacudió. Lo devolvió a la realidad. Habían llegado a oncología infantil.


Miguel se infundió coraje. Se apoyó en el artista que todavía llevaba adentro. Del que estaba reconocido entre los mejores. Se dispuso a demostrar que era el de siempre. Necesitaba confirmárselo. A eso volvió. Más allá del dolor y los recuerdos.


Se transformó y entró a la sala. Como siempre. Como nunca. Haciendo cabriolas, medialunas y vueltas hacia atrás. Para sorprender. Pero esta vez, él fue el sorprendido. No hubo aplausos. Sí treinta pares de ojos grandes, incrédulos, tristes. Ojos de chiquilinas y chiquilines que lo veían desde sus camas. Cabecitas peladas o con algunos pocos mechones. Varios entre tubos para recibir la medicación. Y uno conectado a un equipo de oxígeno. Chiquilinas y chiquilines que querían vivir. Contuvo las lágrimas que ya no le quedaban. Y buscó sin encontrar entre esos ojos.


Se repuso al dolor. Se propuso dar su mejor función. Para ellos. Aunque fuera la última. Empezó. Pegó un salto hacia atrás y cayó desparramado. Miró de reojo y apenas vio reacciones que superaban las caras de sorpresa. Se paró frotándose la cola, dio un paso, tropezó y de nuevo aterrizó de cara al piso. La torpeza arrancó algún esbozo de sonrisa. Con su mejor dote de mimo hizo el gesto de llorar a gritos. Y salieron chorros de agua que mojaron a una enfermera y una mamá. Las risas se asomaron. Para secarse las lágrimas sacó un pañuelo de la manga. Al primero le siguió el segundo, el tercero y un montón de todos los colores. Miró de reojo. Vio caritas iluminadas. Se entusiasmó. Juntó los pañuelos. Una chiquilina lo ayudó a ponerlos en el sombrero. Los apretaron bien. Lo cubrió con una capa. Se acercó al que tenía el equipo de oxígeno. Le colocó una galera de mago y le hizo una mueca para que soplara despacito. El chiquilín respondió al pedido con timidez. Al sacar la capa el sombrero estaba vacío. Y la máscara se llenó con una carcajada.


Miguel empezó a olvidar. Disfrutó cada instante. Entre risas y aplausos se acercó a lo que alguna vez fue la felicidad. Y ese sentimiento le abrió una esperanza. La actuación duró buena parte de la mañana. Hizo figuras con globos. Perros, gatos, jirafas, conejos y todos los animales que le pidieron adornaron la sala.


La fiesta fue completa. Médicos, enfermeras, mamás y papás se sumaron para jugar. Con los chiquilines que se movilizaban armaron un tren que recorrió estaciones. Eran las camas de los que no se podían mover. El lugar se llenó de olores y colores distintos. Nunca imaginados. Al final recogió los besos y los abrazos de cada uno. Besos y abrazos llenos de vida que atesoró con melancolía.


El viaje de regreso fue distinto. No podía salir de su sorpresa. Por lo que mostró y lo que se demostró. Estaba satisfecho. Porque fue capaz de hacerlo. Por sus ocurrencias e improvisaciones. Por haber vuelto a sonreír.


Llegó a su departamento. Se sentó frente al espejo. Mientras se sacaba el maquillaje, se reflejó su cara plena pero melancólica. Le costó abandonar al payaso. Lo hizo con lentitud. No quería que el tiempo pasara. Al colgar la ropa se preguntó si podría volver atrás. Pero no se engañó. Sabía la respuesta. Que todo terminó. La desesperanza lo volvió a atrapar. Necesitó tomar aire.


Antes de salir, acomodó el portarretrato con la foto de Seba. Aquel día tenía cinco años.